miércoles, mayo 13

Alma Grande, Alma Viva - 01

ALMA GRANDE, ALMA VIVA


Tecleando las primeras líneas de este artículo me topé con la primera dificultad: cómo se puede definir algo de por sí tan indefinible. Estando en esta tesitura, y dado que alguien me había aconsejado hablar sobre el concepto del Alma en el Antiguo Egipto, busqué entre mis libros, repasé en mi memoria lo que sabía y lo que sospechaba, y aún así seguía sin poder poner en claro unos cuantos reglones sobre el papel vacío. Cuando de repente me acordé de mi viejo amigo Zander. El lector se preguntará que de quien estoy hablando, y lógicamente a menos que haya leído alguna vez acerca de él, poca idea podrá tener sobre este estrambótico personaje, al cual no me atrevo a llamar personaje de fantasía, porque hasta el día y hora en el que esto escribo, se ha hecho presente y manifiesto muchas veces en esa parte inspiradora de mi ser, y del suyo si me permite, que dan por llamar imaginación, pero a la que yo llamo “puente hacia el futuro y lo invisible”.
Zander es... bueno, digamos un gnomo, o un elemental – me refiero a su mente, mejor llamémosle un revoltoso, liante y metomentodo, quien en este mismo momento sentado sobre mi hombro observa como desgrano las letras en este teclado aprobando o condenando con sus gruñidos todo lo que aquí afirmo, de acuerdo a su muy particular parecer - la verdad, amigo, a veces duele.

Nota: no es así, es invisible, solo lo puedo ver yo,
pero es para que os hagáis una idea

También en honor a lo dicho en la línea anterior, he de decir que es una fuente inagotable de dichos y redichos, de anécdotas sin fin, de memorias del pasado lejano y del reciente, me lo cuenta todo, desde sus aventuras, ya hace milenios, cuando estaba encerrado en un oubhsabti, esas pequeñas estatuillas que se colocaban en las tumbas, estatuilla en la que fue encerrado por un mago enemigo suyo. También me cuenta de sus amores con cierta gnoma, pasando por sus secretos viajes al corazón de Abydos y a otros subterráneos que el sólo conoce.

Si, definitivamente, es generoso también, voluntarioso, simpático y divertido, y sobre todo mi amigo en los momentos más difíciles acá por estas tierras. Ahora sonríe, dilatando su enorme boca bajo la sombra protectora de su aún más enorme nariz de pimiento, al tiempo que agita sus piernas haciendo que mis dedos no atinen bien con las letras que buscan.

El caso es que le hice la pregunta que me andaba rondando la cabeza. ¿Cómo consideraban los egipcios el alma? ¿Que creían sobre ella? Y su primera respuesta me dejó confuso:

-¡Los egipcios no creían ni creen en el alma!

-Pero vamos a ver, no empecemos con tus gracias, si de toda la vida es sabido que para ellos el alma…

-Digo que no creían, como no se puede creer en la existencia del agua, o de la tierra, o de cualquier otra cosa que es tan verdad y tan evidente, que no puede ser creída, sino aceptada sin más. Para el egipcio de entonces, e incluso para el egipcio moderno el alma es uno mismo, el propio ser.

-Está bien, ya veo que me quieres hacer las cosas difíciles. Vamos a ver, en tu opinión que más podría explicar en este trabajo que estoy haciendo sobre la constitución del hombre. Yo, la verdad, pensaba que haciendo un trabajo erudito, basado en lo que se conoce sobre los constituyentes del ser humano en el Antiguo Egipto, sería suficiente.

-¿A qué te refieres? ¿A toda esa larga y aburrida cantinela sobre el Ka, el Ba, el Aj, etc.?

-Pues si, al menos eso es lo que se sabe sobre este espinoso tema, tengo libros…

Mi amigo enano dio entonces un respingo al oírme que le llevó en un abrir y cerrar de ojos hasta la lámpara del techo, y de allí de un rebote hasta lo alto de la librería, señalando con su dedo acusador a las pobres víctimas de su furia.

-¡Libros, libros! Siempre la misma pesada historia. ¡Yo te estoy hablando del Alma de Egipto, del alma colectiva, de lo que cada uno siente saltar en su corazón! ¡Y tu te dedicas a disecar un cadáver!. Juanito, tu nunca aprenderás a ver la realidad tal cual es.

Zander, que no había parado de saltar de un lado a otro de la habitación, marcando sus frases con patadas de rabieta, se plantó ante mí, con esa típica actitud que le caracteriza, con los brazos  cruzados y mirando con los ojos medio entornados en otra dirección, pero atento al menor signo por mi parte de sumisión a sus criterios.

Avancé pues hacia él tomándole por los hombros suavemente, mientras que al oído le susurré cuatro palabritas sobre la posibilidad de encerrarle de nuevo en el oushabti donde le encontré si no se comportaba adecuadamente, o mejor aún, dejaría la puerta abierta para que mi gato Cuco pudiese entrar y le explicase amablemente con cuatro gestos rápidos como el rayo cómo se puede hacer disolver un gnomo en el aire.

Ya más calmados los dos, nos pusimos de acuerdo: yo incluiría en estos trabajos todo lo que los eruditos saben sobre el tema, pues seguro que eso sería de utilidad para muchos, mientras que él me conduciría para que viese el alma de Egipto y de su gente en la calle, en los tiempos antiguos o en los modernos, para que así me hiciese yo una cabal idea acerca de ello.

Entonces, ya sin más, hechas las presentaciones, y explicadas las razones de este extraño artículo, pasen pues conmigo a estudiar el Alma Grande, el Alma Viva de los habitantes de Ta Mery, la Tierra Amada.

continuará

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